
Retazos de sol se colaban a través del avejentado musgo e iban a posarse sobre un tronco de árbol destrozado. Unos pasos más allá del frondoso bosque el oleaje golpeaba una costa invisible, y cada embate del mar coincidía con el ritmo de los latidos del corazón de Amy Reynolds; un ritmo que en otro tiempo ella creyó firme y seguro; un corazón del que había borrado a Nick Lowry. Sin embargo, éste se ocultaba en lo invisible, en el sincopado lapso entre un latido y otro; era un secreto que ella no oía, pero sabía de su existencia. Amy, con la cabeza apoyada en las rodillas, permaneció sentada sobre el tronco caído y erosionado por el mar. Aguardó. Ya estaba preparada para escuchar lo que él tuviera que decirle. O, al menos, creía estarlo.
- Durante todo este largo tiempo he estado pensando qué decirte. Eran muchas las cosas que tenía que explicarte.- Le tocó la boca, el labio inferior.
Ella alzó las manos en el aire, como mariposas sin un lugar donde posarse.
Él continuó:
- Y ahora que te tengo aquí, no logro encontrar ninguna palabra...- Cerró los ojos-. Te tengo delante de mí, y lo único que deseo es acariciar tu cuello.- Abrió los ojos y, al contemplarlo, algo se inflamó en su interior mientras recordaba el tacto de la piel de ella.
Amy se llevó suavemente los dedos al hueco que se abría entre sus clavículas. Él alzó una mano para cubrir la suya.
-Ahí. El sitio donde solía descanzar tu cruz de plata, y que se movía cada vez que respirabas.
-Se me perdió- susurró Amy.
- ¿El qué?- Nick le apretó la mano.
- Esa cruz... tú.
Él dejó escapar un gemido e inclinó la cabeza en un gesto que Amy no supo si era de oración o de derrota.
Durante todo aquel tiempo, Amy había creído que su vida estaba en orden, tan lisa como las anticuadas sábanas de lino que cubrían su cama; sin embargo bajo la superficie bullía un mar de arrugas y pliegues.
Los defectos de su vida estaban tapados, igual que la densa pintura blanca ocultaba el color pardusco elegido por el anterior propietario de su histórica casa, situada en el tranquilo pueblo sureño en el que vivía con su marido y sus hijos. Ella había aplicado otra mano más de pintura, y después otra, hasta que, sin reparar en ello, terminó asfixiándose bajo la infinidad de capas de fingimiento.
Y entonces la tocó Nick. Y entonces perdió la luna, y se dispuso a remover cielo y tierra hasta encontrarla otra vez.
[...]
Patti Callahan Henry